viernes, 17 de mayo de 2019

Sindicalismo y fascismo

Sindicalismo y fascismo 2.0 (cast/cat)
Por Ermengol Gassiot Ballbè
El sindicalismo de la concertación y posibilista genera monstruos. Uno de ellos es que allana el terreno al adelanto del fascismo dentro de la clase trabajadora.
A nadie se nos escapa que el fascismo está creciendo en toda Europa. Tampoco se nos escapan dos aspectos de este fenómeno. Primero, que los “nuevos” fascistas muchas veces no llevan la cabeza rapada ni levantan abiertamente el brazo (a pesar de que algunos lo continúan haciendo). A menudo son hombres y mujeres con un cierto aspecto de ejecutivos y ropa pija, como Marine Le Pen (Frente Nacional, Francia), Jörg Meuthen (Alternativa por Alemania) o Geert Wilders (Partido por la Libertad, Países Bajos). Todos ellos huyen del estereotipo del facha mamporrero, a pesar de que a menudo los usen en sus espacios políticos.
Segundo, este “nuevo” fascismo crece y se hace fuerte electoralmente en barrios populares. En lugares que hace décadas eran los denominados cinturones rojos y los feudos de los partidos comunistas que después de la II Guerra Mundial participaron de los sistemas electorales de los países occidentales. Esto ha motivado muchos artículos y opiniones que desprecian el comportamiento electoral de una parte de la clase trabajadora y lo contraponen con otro, aparentemente más adecuado, de cariz liberal y europeísta de sectores de las clases medianas. Además de clasistas y cargadas de tópicos, los análisis detallados de los comportamientos electorales tampoco avalan demasiado estas afirmaciones. Pero no es de esto de lo que quiero hablar aquí.
Como decía, una versión del fascismo se extiende por Europa y lo hace, también, en los barrios populares. Sin ningún tipo de duda su crecimiento se produce al amparo del descontento de una parte importante de la población con la política de toda la vida y también a menudo con la que se autodenomina como “nueva”. Y esto pasa en medio de una clara e innegable degradación de nuestras condiciones de vida: salarios más bajos, alquileres más abusivos, barrios cada vez más degradados, pensiones de miseria y grandes bancos y empresarios batiente récords con los beneficios que obtienen fruto de nuestro trabajo.
En este contexto, sin embargo, los intentos para crear sindicatos de extrema derecha, abiertamente vinculados a este nuevo fascismo, de momento han fracasado. No los hay en el Estado español, pero tampoco en Alemania, en Francia, etc. Por el contrario, en los diferentes estados europeos parece que el sistema sindical construido después de la II Guerra Mundial (en el Estado español a partir del 1978) se mantiene relativamente sólido, con cambios menores. Una situación que contrasta con el cambio en el color electoral de estos barrios de cinturones y periferias. Esto podría parecer una buena noticia, pero me temo que no lo es. Intentaré explicarlo.
De momento no tenemos grandes sindicatos fascistas, como en general tampoco hemos tenido nunca de cariz liberal. Pero si prestamos una cierta atención, podemos observar como ideas liberales y fascistas poco a poco van ganando espacio en varios ámbitos sindicales. Sin entrar en conflicto con los sindicatos ya existentes, sino pasando a formar parte progresivamente de su acción sindical. Tenemos ejemplos. Cuántas veces durante los años más agudos de la crisis no hemos escuchado decir a “sindicalistas” que “hemos estirado más el brazo que la manga y esto es insostenible” para justificar como inevitable o como mal menor un recorte de salarios o de un servicio público? Y cuántas veces no nos han venido con la cantinela de que hay que incrementar la productividad de la empresa (que a menudo quiere decir trabajar más intensamente) para garantizar la continuidad de nuestro trabajo o el mantenimiento del salario? Como yo, muchos y muchas de nosotros hemos escuchado de algunos sindicalistas que “hacer horas extras es un derecho del trabajador/a” y hemos visto cómo se pactaban dobles escalas salariales porque, supuestamente, hay trabajadores/as con más derechos que otros.
Estas ideas han ido penetrando en el tuétano de la clase trabajadora con la ayuda innegable del sindicalismo mayoritario. Conflicto tras conflicto, negociación tras negociación, convenio tras convenio, como una música machacona que poco a poco va ablandando resistencias. Y en este contexto, no es de extrañar que el conservadurismo y el fascismo vaya ganando posiciones dentro de nuestra clase. Un fascismo que, no lo olvidamos, es hijo del capitalismo. Liquidada la solidaridad de clase, el bombardeo del discurso de que no hay bastante recursos para garantizar el bienestar de todo el mundo lleva, fácilmente, a defender que hay que blindar las condiciones laborales de una parte de los trabajadores frente a los “otros”. En realidad, ya hace tiempo que en algunos lugares se hace. Una doble escala salarial con mejores condiciones para quienes ya trabajan en una empresa respecto a quien entre en el futuro no es, en realidad, una versión laboral de la frase aquella de “los de casa (españoles, catalanes, alemanes, austríacos, etc) primero”?. De aquí a plantear cuotas para limitar el acceso de trabajadores/as migrantes en algunas empresas, como ya está sucediendo en algunos lugares, hay apenas un milímetro. Y a pedir la expulsión de los “de fuera” o blindar los estados europeos ante el miedo a una invasión de migrantes, un simple paso.
El sindicalismo de la concertación y posibilista genera monstruos. Uno de ellos es que allana el terreno al avance del fascismo dentro de la clase trabajadora. La respuesta a este fenómeno tiene que ser construir un sindicalismo planteado como una herramienta útil en el combate contra el capital y para defender nuestros intereses de clase. Nos hará falta crecer. Nos hará falta ser eficaces en las luchas. Pero también, y esto es esencial, nos hará falta rearmarnos de argumentos ideológicos para este combate. Replanteando una serie de afirmaciones como las que he expuesto y que ahora, como quienes no quiere la cosa, han pasado a ser casi de sentido común. Unos enunciados que no son de ninguna forma neutrales, ni inevitables y que, en realidad, también nos llueven cargados de ideología. En este caso, la que interesa al poder.
Si no lo hacemos, lo tendremos muy crudo para revertir el avance del fascismo también en el ámbito sindical.

Becarios: ¿profesionales denigrados y humillados?

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Javier Benítez
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Día Internacional del Becario. Fue el que se conmemoró el 8 de mayo. Una efeméride que no queda claro si es para celebrar, en el sentido reivindicativo del término, o tal vez para desdeñar, dada la precariedad que padece ese colectivo, acompañada de un maltrato y destrato que roza el desprecio por parte de la mayoría de empresas que los ocupan.
España parece el país de Europa donde los becarios, dadas las circunstancias, no tienen muchos motivos para festejar en su Día Internacional. Así lo indican los fríos números: el 60% de ellos no reciben ninguna remuneración. Dentro de los que sí la reciben, el 80% admite que no pueden cubrir ni siquiera sus necesidades básicas.
El Ministerio de Empleo y Seguridad Social de España
© REUTERS / Marcelo del Pozo
Pero hay más números. La grave crisis económica se ha traducido en que desde el año 2015, el número de becarios haya crecido un 350%: dicho de otra forma, cada 15 trabajadores, hay un becario. El que tal vez sea el dato más preocupante: el 20% de los becarios tienen más de 30 años de edad. Y finalmente, menos del 30% de ellos logra ser contratado. Todo esto, más allá de que España es el segundo país de Europa en cantidad de becarios, sólo por detrás de Eslovenia.
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El economista José Luis Carretero Miramar arroja luz sobre esta situación.
"En los últimos tiempos, el recurso al trabajo no pagado, y el trabajo sin derechos, ha sido cada vez más acuciante para los modelos productivos de Occidente. En ese sentido se produce una cada vez mayor situación de flexibilización laboral". 
La situación es tan precaria, que los becarios que carecen de una beca oficial remunerada ni siquiera cotizan a la Seguridad Social. Todos estos datos se desprenden del informe 'La experiencia de los becarios en la Unión Europea', publicado por la Comisión Europea.
Lo que no falta a la cita en la situación de los becarios es su situación prácticamente de indignidad. La mayoría trabajan gratis pese a tener una carga laboral parecida a la de los trabajadores en plantilla; a algunos les encomiendan tareas ingratas que nada tienen que ver con su formación, por lo cual el lado formativo queda de lado; les someten a jornadas interminables; algunos empresarios recurren a estudiantes de prácticas para que sustituyan a trabajadores sin tener que pagar un sueldo. Por si fuera poco, muchos de ellos son utilizados para hacer fotocopias para los compañeros y llevarle el café al jefe.
"En este proceso, junto a las reformas laborales, que implican trabajo a tiempo parcial, trabajo temporal, se ha abierto un campo cada vez más amplio para el recurso a lo que se le llama 'las zonas grises del derecho laboral'. Es decir, las zonas de fronteras entre el derecho laboral y otro tipo de ordenamientos jurídicos donde se está dentro de situaciones en las que no se sabe si están o no dentro del derecho laboral, y que por lo tanto permiten operar con esos trabajadores sin tener que cumplir sus derechos reconocidos como derechos parte del derecho del trabajo", concluye José Luis Carretero Miramar.